México de hoy.
Tamayo consideraba que el desarrollo de un pueblo sólo podía darse mediante la ciencia, el arte y la técnica. Tomó ventaja de las dos columnas del edificio del Palacio de Bellas Artes que se levantan frente a la obra para dividir el mural en tres secciones de tonalidades verdes, blancas y rojas. Al centro, un edificio que fusiona elementos arquitectónicos europeos y prehispánicos enmarca a un personaje envuelto en llamas, símbolo del fuego inextinguible del espíritu mexicano que ha tenido que asimilar los conocimientos y la tecnología universal, sin olvidar la riqueza de su pasado. A su alrededor se muestran herramientas y aparatos propios de la era industrial. En el extremo izquierdo, una mujer desnuda y enmascarada, diosa de la fertilidad, esparce semillas que, suponemos, deberán fecundar en una tierra muchas veces árida. Con respecto a los colores, personajes principales en la pintura de Tamayo, el crítico de arte Paul Westheim escribió: cada panel “tiene su propio colorido, muy diferente al de los otros. Un rojo llamativo, de un lado, un verde reluciente del otro, flanquean la superficie central. Para esta parte de su obra, en donde nos habla de la poesía, Tamayo ha escogido los colores más delicados de su paleta: un rosa tenue, un blanco grisáceo, un gris azulenco”.