El movimiento muralista mexicano

Aunque la iniciativa de que los artistas mexicanos pintaran sobre los muros de edificios públicos surgió desde 1910, el movimiento muralista arrancó en la década de 1920, con la llegada de José Vasconcelos a la Secretaría de Educación. Al término de la lucha revolucionaria la iniciativa pudo llegar a buen puerto, y abrir uno de los capítulos más importantes en la historia de la cultura mexicana, cuando Roberto Montenegro realizó el mural El árbol de la vida, en el ex Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo, hoy Museo de la Luz. En sus inicios, el muralismo abordó temas de naturaleza universal, trascendental y metafísica. Más tarde, adoptó un discurso nacionalista y revolucionario. El muralismo, escribió Carlos Monsiváis, ayudó a configurar la imagen de un país unificado y a difundir los ideales del México postrevolucionario. En la tercera y cuarta décadas del siglo XX, los muralistas pintaron en las paredes de recintos emblemáticos como la Escuela Nacional Preparatoria (Antiguo Colegio de San Ildefonso), la Secretaría de Educación Pública y el Palacio Nacional. En años posteriores, ampliaron los horizontes de acuerdo a sus propios intereses, aunque prevaleció la intención de mostrar un compromiso social y político, y el interés por exaltar el arte popular, el pasado indígena y lo mexicano.